17 de noviembre: nos vamos a casa
Escribo estas líneas desde casa... que gusto da siempre volver a tu lugar de reposo, como los guerreros mochileros que somos... y es que hoy ha sido un día ajetreado, muy ajetreado: pero empecemos por el principio, como siempre.
Nos hemos levantado hoy sin prisas, que todo lo de Zurich está visto. Nos aseamos y bajamos a degustar el último desayuno suizo de este viaje (y espero que no de nuestras vidas): pancakes con el salchichón blando que tanto nos ha gustado, la bollería industrial que nos ha alimentado estas dos semanas y el resto de viandas que han hecho que no me entre ni el chandal. Los huevos rojos, seguimos sin tocarlos.
Y tras desayunar y ver como un indio estrafalario se llevaba el pimentero y el salero del comedor, nos echamos a la calle. Hoy no hay aventuras que correr así que todo consistirá en dar más o menos la misma vuelta que ayer pero al revés.
La intención es ver si hoy podemos visitar el Cabaret Voltaire que ayer no lo pudimos encontrar, así que volvemos por la calle de las tiendas y restaurantes que lleva al meollo y volvemos a perdernos. Aterrizamos en la plaza donde comimos ayer y entramos a la tienda Rituals que hay en ella: una dependienta mexicana nos indica dónde está el cabaret así que vamos allí. Se encuentra a dos pasos y al llegar, comprobamos que está en obras... Ni dadaísmo ni leches. Y nada, a seguir dando vueltas pues... Ahora vamos a la catedral a verla por la parte de arriba y entrar en ella: austera y sencilla, como todas las protestantes.
Hartos de dar vueltas nos volvemos a la calle Stüssihofstatt a comer en el mismo sitio de ayer: fast food igual, aunque hoy le hecho chocroutte. Poca tela que rascar por aquí así que de vuelta al hotel a tomar un café tranquilos y a recoger las maletas hasta que nos vayamos. Un par de horitas vamos a esperar aquí... disfrutando del último café suizo a 5 francos...
Por fin, aburridos de esperar decidimos coger el coche e ir ya al aeropuerto. Salimos por la carretera en vez de la autovía y al final de ella nos encontramos con un montón de obras... Las bordeamos y volvemos al mismo sitio... Aprovechamos para echar gasolina para no ir con prisas que, como siempre, tenemos que devolver el coche lleno: una chica me confunde con el gasolinero y le tengo que echar una mano... Está más perdida que yo. Bueno, al coche pal aeropuerto... y otra vez nos perdemos, volvemos al inicio de la calle !No se puede coger la autovía desde aquí! !Na, imposible! Así que tenemos que coger la autovía en sentido contrario, volver a casi el hotel... hacer una pirula y meternos en la autovía: total, 40 minutos dando vueltas... Como para no haber salido con tiempo: esto nos enseña que siempre hay que salir con un par de horas de antelación que no sabes lo que te vas a encontrar... Por cierto, que asco de obras: Suiza en Noviembre es campo de obras... por todas partes.
Por fin llegamos al aeropuerto, encontramos el Rent a Car y dejamos el coche: ha ido muy bien. Vamos a la terminal a dar vueltas a ver donde narices embarcamos. El aeropuerto de Zurich es enorme: solo tiene dos terminales pero enormes. La ciudad, pequeña. El aeropuerto, descomunal... Esto es Suiza.
Y llegamos a la puerta de embarque: Javier, de Pontevedra nos está esperando, menos mal. Nos pica los billetes y después de contarnos su historia en Suiza nos mete en la terminal, ya a pocos metros de la puerta de embarque ¡Qué emoción! ¡¡¡Ya huelo a España!!! Últimos papeleos, que si pasaporte Covid, que si tarjeta de embarque y nos meten ya por fin en un avión con rumbo a casa... pero dejamos a una chica en tierra, a la que no le ha legado el código QR del Covid... Mañana le tocará volverse a la pobre...
Rugido de aviones, cuchicheos en la cabina y despegamos con rumbo a lo conocido a casa...
De este tan fascinante viaje hay varias cosas que decir: lo primero de lo que quiero hablar es del tráfico que no es malo, ni bueno... Distinto... Es decir, en autopista todos se clavan a a 100 que es la velocidad máxima permitida y nadie, nadie la rebasa pero en ciudad, sobre todo en Zurich, son otros... Se pegan mucho al culo del de delante aunque en general hay que decir que conducen muy respetuosamente.
El coche que alquilamos, después de varias vicisitudes con Europcar, fue un Seat Ibiza, automático. La verdad es que fue muy bien, tiraba muy bien y no chupaba casi nada, aunque en realidad solo hemos hecho 800 km con él.
De la comida casi es mejor no hablar: no comen ni se alimentan... no conocen la comida en condiciones... Con solo decir que el ingrediente de muchas cosas es el aceite de colza, creo que está todo dicho... No hay casi restaurantes, por supuesto ni un bar y lo que hay es extremadamente caro así que muchas veces hemos optado por cenar en el hotel, comprando en el supermercado de aquí, COOP, aunque no te creas que tampoco es muy barato... Además, conseguíamos con esto no meter más comida basura en nuestros cuerpos que quieras que no, con lo que hemos comido, es un punto. ¡Ah! un café, 5 francos... con eso está todo dicho. A destacar... nada... no hay nada que destacar... quizás el Rosti, una especia de tortilla de queso y patata con cebolla o bacon o lo que quieras... pero vamos, nada a destacar. La cerveza, muy normalita.
Otra cosa de la que quiero hablar es del carácter de los suizos... Son muy secos, no se relacionan... No ves a gente por la calle hablando, van como a su bola, tipos huraños... que ni siquiera salen de casa... Y todo esto es lo que nos corroboran los chicos españoles que dejamos aquí: Olga la vallisoletana estudiante de master de nutrición de Gruyeres y su compañera gallega, Javier el del aeropuerto que se tuvo que venir para no trapichear con cocaína en Pontevedra o el portugués que llevaba 35 años en Murten y que el año que viene se volvía a su pueblo a jubilarse con 2000 pavos de pensión tras 35 años en Suiza... A todos ellos, que os vaya bien en Suiza pero los mochileros, hoy, están en casa.
Comentarios
Publicar un comentario